El Mito de la Libertad Sexual

21/05/2018 en Blog, Columnas de Opinión

Francisca Cifuentes

Observatori Contra l'Homofòbia

Miguel Stuardo

Comunidad Escuelas para la Justicia Social

Sol Ascencio

Universitat Autònoma de Barcelona

No son eventos aislados ni anécdotas periodísticas. Los movimientos #MeToo, #Cuéntame, #NoEsNo, #YoTeCreo, surgidos en el último año, para denunciar las violencias vividas por las mujeres en diversos espacios, tendrán unas consecuencias siquiera esperadas -creemos- por sus propias impulsoras, consecuencias que, de momento, resumimos en la frase lo personal es político. Estos movimientos, con amplia llegada a través de las redes sociales, forman parte de un conjunto de procesos sociales y culturales de larga data, necesarios de enmarcar en un contexto político más amplio, de lucha por el reconocimiento de los derechos sociales y de ciudadanía de las mujeres, tanto en Europa como en América Latina.

Mirado con más detalle, el movimiento #MeToo 1 , surgido en 2017 para denunciar el acoso y la violencia sexual en la industria cinematográfica estadounidense, abrió el debate respecto a cómo las mujeres, independientemente de sus privilegios y posiciones de poder, pueden llegar a vivir situaciones de acoso y abuso sexual en sus lugares de trabajo solo por el hecho de ser mujeres. En 2018, y aun sintiendo el masivo y mediático impacto del movimiento #MeToo, tendrá lugar la Huelga de Mujeres, convocada por organizaciones feministas en distintos países, en el marco de la conmemoración del Día Internacional de las Mujeres. Esta convocatoria, que nos dejaría imágenes esperanzadoras en cuanto al poder de movilización de las mujeres, servirá también para poner sobre la mesa (incluso en la mesa dominical…), la necesaria co-responsabilidad de las tareas de cuidado y, junto con ello, la violencia que supone la naturalización de los roles de género, bajo la insistente idea de adecuación entre sexo biológico y sexo social.

El pasado 8M, y la particular convocatoria de “huelga de los cuidados”, generó las condiciones para hacer coincidir demandas distributivas y de reconocimiento, en clara muestra que, lo personal sigue siendo político, y que los cambios estructurales necesariamente han de trenzarse con cambios subjetivos, a fin de recalar en nuestras estructuras mentales más profundas y complejas.

Sin embargo, el “jolgorio y regocijo” derivados de la colectivización y encuentro de reivindicaciones diversas, ha vuelto a eclipsarse tras conocerse los resultados del juicio a  La Manada, aquel grupo de cinco hombres que agredió sexualmente a una chica en la fiesta de Sanfermines de 2016. Los cinco hombres fueron condenados a 9 años de prisión, pero no por el delito de agresión sexual, sino por el de abuso sexual continuado, tras estimar el tribunal de la Audiencia Provincial de Navarra, compuesto por dos jueces y una jueza, que los cinco hombres no habrían violentado ni habrían intimidado a la chica.

“En las concretas circunstancias del caso, no apreciamos que exista intimidación a los efectos de integrar el tipo de agresión sexual”, señala la sentencia. “Por el contrario, estimamos que los procesados conformaron de modo voluntario la situación de preeminencia sobre la denunciante, objetivamente apreciable, que les generó una posición privilegiada sobre ella, aprovechando la superioridad así generada, para abusar sexualmente de la denunciante quien de esta forma no prestó su consentimiento libremente, sino viciado, coaccionado o presionado por tal situación”. (Fuente: El País)

La gravedad de esta sentencia no sólo tiene relación con los años de condena (la indignación no va por ahí…), sino más bien con las conclusiones a las que arriba el tribunal tras analizar las pruebas y escuchar los testimonios de víctima y victimarios. Y aún más grave, el voto discrepante de uno de los jueces, que pidió la absolución de los cinco hombres, bajo el siguiente argumento:

“No aprecio en ninguno de los vídeos y fotografías signo alguno de violencia, fuerza o brusquedad ejercida por parte de los varones sobre la mujer. No puedo interpretar en sus gestos, ni en sus palabras, en lo que me han resultado audibles, intención de burla, desprecio, humillación, mofa o jactancia de ninguna clase”, asevera el juez. En este sentido, declara observar “una desinhibición total y explícitos actos sexuales en un ambiente de jolgorio y regocijo en todos ellos y, ciertamente, menor actividad y expresividad en la denunciante”. (Fuente: El País)

En definitiva, y de ahí su gravedad, se trata de un juicio no a La Manada, sino a la libertad sexual. Pero tampoco a la libertad sexual de los hombres, sino a la libertad sexual de las mujeres. Pues si hace un siglo atrás se juzgaba el delito de violación en la medida del “daño a la honra de la mujer y al de su familia”. Hoy, se juzga -o tipifica- un acto como violación en la medida en que la víctima, que suele ser una mujer, tiene la capacidad de resistir o, por el contrario, consentir un agravio a su “libertad sexual”.

En consecuencia, esta sentencia y otras similares ponen en el centro del debate a las mujeres, mas no como sujetas de derecho, sino como responsables, en la medida en que tendríamos, bajo una supuesta libertad sexual, la “capacidad” de consentir o resistir una agresión sexual. Sin embargo, no nos permiten poner la mirada y el acento en la curiosa relación entre la sexualidad masculina y la violencia, y pone en entredicho aquello que muchas considerábamos un significativo logro del movimiento feminista del siglo XX: el de reapropiación de nuestro cuerpo y reconocimiento de nuestra libertad sexual. Por fin, decíamos, el cuerpo femenino ya no era un cuerpo sólo para la reproducción, también lo era para el placer, pero el propio, no el de otros.

En consecuencia, la libertad sexual parece ser un mito, o una quimera, e incluso una trampa del individualismo y de la ideología liberal que la sostiene. Una trampa que nos ha hace creer que nuestras decisiones son siempre individuales, personales, sin mediar en ellas ni creencias culturales ni prácticas sociales.

Habíamos olvidado pues que nuestras decisiones “personales”, son también sociales y, por ende, políticas.

El orden social patriarcal ha triunfado, una vez más.